Entonces él le agarró fuerte la mano y prometió no volver a leer aquella historia donde la princesa se arropaba cada noche con su manta de seda color fresa. Sabía sin embargo que muchos de sus sueños dependían de leer ese viejo libro, sabía que renunciar a ello iba a suponer perder durante un tiempo todo cuanto quería siquiera imaginar. Pero nunca nada había conseguido atraparle tanto como ver sonreír a su princesa y a pesar de querer aferrarse a cada instante tuvo que guardar su preciado manuscrito bajo la cama sin poderlo terminar de leer.
Pensó en aquel momento secar sus lágirmas y desenfundar su espada, subiar a lo más alto de la más alta torre y quitarle esa nube de la cabeza, hacerle ver que la felicidad la tenía en sus manos y no era para usarla como puñal y pañuelo. Entonces él la miró a los ojos y pudo ver cómo se sentía, pudo verla desplomarse en su conciencia y apagada, a pesar de que tal orquídea como ella no debería sentirse nunca marchita. Y coincidiendo con la idea de voluntad gozó en plenitud de su poder de decisión y la dejó nadar en su arrepentimiento bajo el constante susurro de su voz, porque sabía que en cualquier momento le iba a recitar el final de la historia y ella volvería a sonreír como solía hacer.